Carlos Aganzo: Cuando el misticismo se encuentra con el blues
En el corazón de la noche madrileña, donde las sombras danzan al ritmo de notas que nunca se repiten, Carlos Aganzo encuentra la conexión perfecta entre lo divino y lo terrenal. El poeta y académico acaba de publicar «Que no acabe este blues» (Difácil), un poemario que no solo rinde homenaje a una música que le acompaña desde los dieciocho años, sino que redefine la forma en que entendemos la trascendencia artística.
Del claustrum al club de jazz
Aganzo no es ajeno a los diálogos literarios trascendentales. Su anterior obra, «Paraíso claustral», lo llevó a conversar con figuras como el poeta chino del siglo IX Sikong Tu y Bernardo de Claraval. Sin embargo, en esta ocasión, el espejo en el que se mira no es el de un monje medieval ni un literato oriental, sino el de Billie Holiday, Chet Baker y otros gigantes del jazz y el blues.
«Lo que sucede en el blues no sucede durante el día ni a ojos de los mortales», explica Aganzo. «Ese mundo interior es impresionante. Hay dos grandes músicas que son poesía pura: el blues y el flamenco».
La trascendencia en cada nota
El poeta establece paralelismos sorprendentes entre el jazz y la experiencia mística. Cita «El perseguidor» de Julio Cortázar, donde el personaje de Johnny —basado en Charlie Parker— declara: «Esto ya lo toqué mañana». Para Aganzo, esta frase captura la esencia del jazz: una música que trasciende el tiempo lineal.
«El jazz, como el flamenco, es trascendencia. Tienen esa cosa secreta que te deja balbuciendo, que diría San Juan de la Cruz», afirma. Esta conexión con el misticismo no es casual: Aganzo ve en el blues la misma estructura dramática que en la poesía mística, donde «no hay amor sin dolor, ni dolor sin amor».
La tragedia como lenguaje universal
Cuando se le pregunta sobre la presencia constante de la tragedia en el blues, Aganzo responde con una profundidad que solo alguien que ha vivido la música puede ofrecer. «El blues es la tragedia del alma humana, o su drama. Aquí asistimos a la cara trágica del amor, de la pasión, del deseo».
El poeta describe a los protagonistas del blues como «antihéroes, gente derrotada por el amor, de gente muchas veces marginal». Pero esta marginación no es un defecto, sino una característica esencial. «No miramos la vida cotidiana, sino la noche, la vida con nocturnidad y alevosía: todo lo que sucede ahí tiene una épica, una épica oscura, terrible».
Un blues castellano
Quizás lo más fascinante de la propuesta de Aganzo es su intención de crear un «blues castellano». Imagina un mundo donde «Nueva York se reflejara en las aguas del Pisuerga y en cualquier bar de Valladolid pudiera entrar Chet Baker llegado el momento».
Esta fusión no es arbitraria. Aganzo ve en la cultura castellana la misma profundidad emocional que caracteriza al blues sureño. «Hay algo en nuestra forma de sentir, en nuestra forma de sufrir y amar, que se conecta perfectamente con esa tradición musical», explica.
Los tiempos del jazz
La pregunta sobre si vivimos buenos tiempos para el jazz recibe una respuesta compleja. Por un lado, Aganzo reconoce que «el jazz impregna toda la música contemporánea». Incluso artistas pop como Bruce Springsteen o Rosalía llevan en su música influencias jazzísticas, aunque a veces de forma sutil.
Pero el poeta lamenta la pérdida de «la magia del jazz, para ese jazz creativo, trascendente, para ese jazz de improvisación que escuchabas en un pequeño club». Los locales han cerrado, otros se han vuelto turísticos, y la experiencia íntima de descubrir algo único e irrepetible se ha vuelto cada vez más rara.
«Esta es un libro decadente sobre un mundo en decadencia», reconoce Aganzo. Pero quizás sea precisamente esta decadencia la que le da su valor especial. En un mundo cada vez más predecible y comercial, el blues y el jazz representan algo auténtico, algo que no se puede fabricar ni repetir.
El deseo que no cesa
El segundo poema del libro captura perfectamente esta tensión entre la belleza y la pérdida: «Que el brillo de las luces / envuelva nuestros pasos como antes / de que perdiera el alma y los zapatos. / Que no se apague el pulso de este instante. / Que no acabe la noche. / Que no acabe este blues».
Es una plegaria, una invocación para que la magia continúe, para que la noche nunca termine, para que la música siga sonando. Y quizás, en el fondo, es también una plegaria por nosotros mismos, por nuestra capacidad de sentir, de sufrir, de amar con la intensidad que solo el blues puede capturar.
Carlos Aganzo ha logrado algo notable: ha tomado una música estadounidense, la ha impregnado de misticismo castellano, y ha creado algo completamente nuevo. «Que no acabe este blues» no es solo un libro de poemas sobre música; es un manifiesto sobre cómo el arte puede trascender fronteras, idiomas y siglos para conectarnos con algo más grande que nosotros mismos.
Y en un mundo que parece empeñado en olvidar la belleza de la imperfección, el valor de la noche, y la importancia de sentir profundamente, quizás necesitamos más que nunca este tipo de recordatorios.
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