Un cotxe: nostalgia sobre ruedas y un futuro que no llegó

La escena es tan íntima como inesperada: un escenario que huele a gasolina y a sueños infantiles, donde un hombre se reencuentra con el coche de su familia como si fuera un viejo amigo al que hace décadas que no ve. Pero este no es un simple viaje por el carril de la memoria; es una radiografía generacional, una conversación entre el pasado optimista y el presente desencantado, todo ello servido con la precisión de un dramaturgo que sabe que las mejores historias se cuentan desde la propia piel.

El tríptico que cierra una generación

Pau Masaló Llorà, 42 años y una mirada que alterna la ternura con la lucidez crítica, completa con Un cotxe el proyecto Farewell, petroleum que inició como artista residente del Teatre Lliure. Después de dos partes más abstractas y metafóricas, el dramaturgo decide ponerse delante del espejo y hablar de sí mismo, de su relación con el petróleo a través del objeto más emblemático: el coche familiar.

«La más directa que tengo es con el coche, y como no tengo carnet, tenía que ser con el coche familiar de mi infancia», explica Masaló, que concibió la obra como un diálogo imaginario con el Renault 21 Nevada, aquel «cochazo» que marcó un antes y un después en su familia. «Me imaginé que dialogábamos como dos amigos que después de muchos años de no verse se reencontran y se ponen al día».

Los padres en escena: la realidad como ficción

La apuesta más arriesgada y conmovedora del montaje es la presencia de Xavier Masaló y M. Àngels Llorà, los padres del autor, interpretándose a sí mismos. La ficción y la realidad se funden en un ejercicio de memoria colectiva donde el público asiste a algo que parece demasiado auténtico para ser teatro.

«Esta obra forma parte del proyecto Farewell, petroleum«, continúa Masaló, «sobre el cambio energético que comporta despedirnos del petróleo». La elección de contar la historia desde su experiencia personal no es casual: «Pensé que estaría bien hablar desde mí mismo, de cuál era mi relación con el petróleo».

El coche como símbolo de una era

Pero Un cotxe no es solo un ejercicio de nostalgia familiar. Masaló utiliza el vehículo como metáfora de los cambios socioeconómicos de la segunda mitad del siglo XX, especialmente en España. «Me interesaba abordar el objeto coche como símbolo de los cambios socioeconómicos que hubo sobre todo en la segunda mitad del siglo XX», explica el dramaturgo.

Para él, la época dorada fue «a finales de los ochenta y principios de los noventa, con esta consolidación de la idea de socialdemocracia que se implantó aquellos años». Aquellos eran tiempos en los que parecía que la democracia lo podía todo, y el coche familiar se convertía en el símbolo tangible de las conquistas sociales. «Para mí eran conquistas que mi padre había conseguido gracias al ascenso económico de aquellos años».

La ilusión del futuro que no llegó

Lo más conmovedor de Un cotxe es esa sensación de desencanto que impregna toda la obra. Masaló confiesa que el futuro que imaginaba de pequeño, lleno de progreso y bienestar colectivo, no se ha materializado. «Me interesaba revisitar aquel momento, porque la idea que tú tienes de pequeño siempre se va transformando y cuando eres adulto te das cuenta de que no era exactamente así».

El autor propone una mirada tierna pero no nostálgica hacia aquellos años de euforia, reconociendo que las expectativas personales y sociales no se han cumplido. «Me gusta tener siempre un punto de esperanza y de optimismo», afirma, aunque reconoce que el futuro lo ve complicado. «Creo que tenemos bastantes conocimientos como para saber qué es lo que funciona y lo que no. Pero hay que volver a la idea del bien común. Pero eso implica un cambio de paradigma colectivo en la actual deriva individualista».

La Conver13: más que un coche, un personaje

La Conver13, el remolque que aparece en escena y que se convierte en tienda de camping en 13 segundos (de ahí su nombre), no es solo un elemento escenográfico. Es un personaje más, testigo mudo de aquellos viajes familiares por Europa que configuraron la visión del mundo del autor. Las proyecciones de fotografías familiares inundan el espacio, creando un archivo visual que el público reconoce como propio, como parte de su propia historia.

Una generación que esperaba más

Lo que Masaló consigue con Un cotxe es algo más que un monólogo teatral: es una confesión generacional. Esa generación que creció con la ilusión de que el futuro sería mejor, que los avances sociales y tecnológicos resolverían los problemas de la humanidad, se encuentra ahora con un presente que no cumple esas promesas.

El coche, ese símbolo de libertad y progreso, se convierte en metáfora de un modelo de desarrollo que ha llegado a su límite. «No solo nos lamentamos de lo que no ha sucedido, sino que imaginamos formas de pensar el futuro», explica Masaló, que propone una mirada crítica pero constructiva sobre el presente.

El teatro como memoria colectiva

La elección de la Fundació Joan Brossa – Centre de les Arts Lliures como espacio de representación no es casual. El teatro libre, experimental, encuentra en Un cotxe un ejemplo perfecto de cómo lo personal puede volverse universal. Los padres del autor en escena, interpretándose a sí mismos, crean una distancia emocional perfecta que permite al público verse reflejado sin sentirse invadido.

La obra se presenta como una oportunidad única: solo hasta el 22 de febrero, los espectadores pueden asistir a este reencuentro familiar que es, en realidad, un reencuentro generacional. Es teatro como terapia colectiva, como espacio para cuestionar las narrativas oficiales del progreso y la felicidad.

¿Qué nos prometieron y qué nos dieron?

Un cotxe plantea preguntas incómodas: ¿qué nos prometió el modelo socialdemócrata de los ochenta y noventa? ¿Cumplió esas promesas? ¿Qué pasó con esa idea de bienestar colectivo que parecía imparable? Masaló no ofrece respuestas fáciles, pero sí plantea el debate desde la experiencia personal, haciendo que cada espectador se pregunte por su propia historia familiar y sus propias expectativas frustradas.

La convergencia entre lo personal y lo político se logra con una maestría que solo puede alcanzarse cuando el autor se expone completamente. No hay artificio posible cuando tus padres están en escena contando tu propia historia. Y quizás esa sea la mayor virtud de Un cotxe: su honestidad radical.


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