Irán y el tablero nuclear: la ONU, escenario de una batalla legal que trasciende el derecho internacional

El Consejo de Seguridad de la ONU se convirtió este jueves en un campo de batalla jurídico y político sin precedentes. Lo que debía ser una sesión sobre el restablecimiento de las sanciones internacionales contra Irán terminó siendo una pugna sobre la propia legitimidad de la reunión. La disputa no es meramente procesal: es el reflejo de un orden global en crisis y de un acuerdo nuclear desmoronado en medio de una escalada militar que amenaza con encender todo Oriente Medio.

La sesión comenzó con un veto preventivo de Rusia, que argumentó que las resoluciones sancionatorias contra Irán «ya no están vigentes desde 2015» y que convocar la reunión era «un acto sin fundamento legal». China se sumó a esta postura, calificando de «fraudulenta» la reactivación de las medidas punitivas impulsada por las potencias europeas. El mensaje era claro: para Moscú y Pekín, las sanciones no pueden restablecerse sobre un acuerdo que Estados Unidos abandonó unilateralmente en 2018.

Pero el bloque occidental —liderado por Francia, Reino Unido y Estados Unidos— defendió lo contrario. Para ellos, el mecanismo de «snapback» o reactivación automática previsto en el Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA) de 2015 sigue siendo plenamente válido. Tras las violaciones sistemáticas de Irán a sus compromisos nucleares, argumentaron, era legítimo restablecer las sanciones, incluyendo el embargo de armas y la prohibición de actividades de enriquecimiento de uranio.

La votación de procedimiento, que finalmente permitió el inicio de la sesión, dejó en evidencia la fractura: 11 votos a favor, 2 en contra (Rusia y China) y 2 abstenciones. Pero el verdadero debate estaba por venir.

El embajador británico James Kariuki acusó a Irán de negarse sistemáticamente a disipar las preocupaciones internacionales y de no cooperar con la Agencia Internacional de Energía Atómica (OIEA). Por su parte, el representante estadounidense Michael Waltz advirtió que «no podemos permitir que Irán mantenga al mundo como rehén» y exigió el estricto cumplimiento de las sanciones. También apuntó directamente contra Rusia y China, a las que acusó de bloquear la creación de un comité de supervisión.

Moscú, sin embargo, no cedió un ápice. Su embajador, Vassily Nebenzia, sostuvo que la retirada unilateral de Estados Unidos en 2018 invalidó cualquier intento posterior de reactivación. «Washington no tiene base jurídica ni moral para reclamar el restablecimiento de sanciones», afirmó. Además, denunció que la crisis actual forma parte de una estrategia occidental destinada a justificar la ofensiva militar lanzada el 28 de febrero por Israel y Estados Unidos contra Irán.

China, por su parte, compartió la lectura de Moscú y fue más allá: acusó a Washington de desencadenar la crisis nuclear iraní con su retirada del acuerdo y de sumarse a Israel en una acción militar agresiva antes de concluir las negociaciones diplomáticas. Su mensaje fue contundente: «Dejen de avivar las llamas de la guerra».

El debate en la ONU no puede entenderse sin el contexto de un acuerdo de Viena que hoy yace en ruinas. Tras la salida de Estados Unidos, Irán comenzó a incumplir progresivamente sus obligaciones a partir de 2019. La situación se agravó en 2025, cuando la OIEA alertó sobre la existencia de reservas de uranio enriquecido al 60%, un nivel técnicamente cercano al necesario para fabricar un arma nuclear. La agencia admitió además haber «perdido la continuidad de su conocimiento» sobre el programa iraní.

El punto de inflexión llegó con un enfrentamiento entre Irán e Israel en junio, que desencadenó incursiones estadounidenses en instalaciones nucleares sensibles como Fordo, Isfahán y Natanz. Desde entonces, la cuestión nuclear dejó de ser un asunto exclusivamente diplomático.

El 28 de febrero, Israel y Estados Unidos lanzaron una ofensiva contra objetivos iraníes. Teherán respondió atacando a países del Golfo y Oriente Medio aliados de Washington. El miércoles, el Consejo de Seguridad condenó estos ataques iraníes, aunque Rusia se abstuvo y criticó que el texto ignorara los bombardeos previos de Israel y Estados Unidos.

En este contexto de confrontación regional y parálisis diplomática, la reunión del jueves evidenció que las divisiones entre las grandes potencias no son solo sobre el fondo del asunto, sino sobre el propio marco legal que rige las relaciones internacionales. Detrás de la disputa sobre la validez de las sanciones se perfila una fractura más profunda: la de un orden internacional incapaz de ponerse de acuerdo sobre cómo contener —o gestionar— el programa nuclear iraní, ahora envuelto en una guerra abierta.


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