Woody Allen, Epstein y la sombra de la impunidad: cuando el cineasta se cruzó con el magnate pederasta
Madrid, 30 de octubre de 2025. – Durante años, y permitan la confesión, me vanagloriaba de ser uno de los mortales que más veces, siete, había entrevistado a Woody Allen. El director neoyorquino, nacido como Allan Stewart Konigsberg, era un habitual en los festivales de cine más prestigiosos del mundo: Cannes, Venecia, Berlín. Allí, en medio del bullicio de periodistas y flashes, solíamos repetir con dos colegas —Simon Pitts, de la BBC, y Markus Aicher, de la Bayerische Rundfunk— una pregunta pactada con ironía: «Estoy a punto de casarme, ¿qué me aconseja?». La respuesta de Allen era siempre la misma: no era nadie para dar lecciones de pareja, y que nos veía muy felices con nuestra vida de solteros.
Pero todo cambió cuando las insinuaciones sobre la deriva pederasta de Allen se vieron respaldadas por su demostrada relación con Jeffrey Epstein, el financiero pederasta detenido y posteriormente encontrado muerto en su celda en 2019. Al publicarse la detención del príncipe Andrés de Inglaterra, incluso llegamos a temer por la de Allen. Y empezamos a plantearnos si borrar sus entrevistas del currículum.
Debo decir en su descargo que nunca pretendió darnos ni dar a nadie lecciones de moral. Noam Chomsky sí nos las dio de lingüística y al demostrar que hay estructuras en el lenguaje que son innatas, heredadas, no aprendidas… Pero… ¿Su foto de octogenario con la modelo de la manita y Epstein de proxeneta al lado? Es otro de los entrevistados por eliminar del currículum pese a la inolvidable mañana de estudiante entrevistándole para este diario (7/VI/1991) en su minúsculo despacho del MIT.
Cuando ya se vio atrapado, el financiero pederasta fantaseó en los mails que ahora se publican en juntar a Chomsky con el ideólogo MAGA, Steve Bannon, para que le defendieran en un documental. Quería poner al dúo estrella del arco ideológico mundial al servicio del comercio sexual del que al parecer se beneficiaban. Lo peor es la dinámica perversa del famoseo y su pretensión de impunidad –y esa no ha sido detenida aún– que lo hizo posible. Y de la que me temo que hemos vivido los periodistas también.
En cuanto a Bill Gates, su cruce de mails con Epstein sobre «las chicas rusas» y la venérea que contrajo… Espero que su oenegé y sus grandes inversiones contra las enfermedades del Tercer Mundo compensen su ridículo. Nunca pensé que me iba a alegrar de que no concediera a La Contra la entrevista que le pedí. Algún colega desde Londres, aún en shock por la implicación de los Windsor –también Sarah Ferguson era amiga de Epstein–, me sugiere que lavemos nuestras culpas brindándonos a entrevistar también a las víctimas, más de 200 presumen los investigadores, de la trama. Sospecha que las haya en España. Y acepto la propuesta.
El precio de la fama y la impunidad
Lo que emerge de los últimos documentos desclasificados sobre el caso Epstein no es solo la sordidez de sus crímenes, sino la red de complicidades que permitió que un depredador sexual operara durante años con total impunidad. La lista de nombres asociados al financiero es larga y variada: desde miembros de la realeza como el príncipe Andrés hasta intelectuales como Chomsky, pasando por magnates tecnológicos como Bill Gates y, por supuesto, artistas como Woody Allen.
La pregunta que muchos nos hacemos ahora es: ¿cómo fue posible que tantas personas de relevancia se relacionaran con alguien cuyos crímenes eran un secreto a voces en ciertos círculos? La respuesta parece estar en la dinámica perversa del famoseo y el poder: la creencia de que el éxito, la fama o el dinero pueden protegerte de las consecuencias de tus actos.
En el caso de Woody Allen, las acusaciones de abuso sexual contra su hija adoptiva Dylan Farrow llevan décadas circulando, pero nunca se demostraron en un tribunal. Sin embargo, su amistad con Epstein y su aparición en fotografías junto a él han reavivado el debate sobre su presunta culpabilidad. ¿Fue Allen consciente de los crímenes de Epstein? ¿O simplemente fue otra víctima de la red de manipulación y chantaje que el financiero tejía a su alrededor?
El silencio de las víctimas y la responsabilidad de los periodistas
Uno de los aspectos más dolorosos de este caso es el silencio de las víctimas. Durante años, muchas de ellas fueron ignoradas o desacreditadas, mientras sus abusadores seguían disfrutando de privilegios y poder. Ahora, con la publicación de nuevos documentos y testimonios, comienza a vislumbrarse la magnitud del horror: más de 200 víctimas presumen los investigadores, y se sospecha que algunas de ellas podrían estar en España.
Como periodistas, tenemos la responsabilidad de dar voz a esas víctimas y de exigir justicia para ellas. Pero también tenemos que reflexionar sobre nuestro propio papel en esta historia. ¿Cómo es posible que tantos de nosotros entrevistáramos a personas como Allen, Chomsky o Gates sin cuestionar su relación con Epstein? ¿Fue el deslumbramiento ante el poder y la fama lo que nos impidió ver la verdad?
El camino hacia la redención
Si algo nos enseña este caso es que la redención no es imposible, pero requiere un acto de valentía y humildad. Bill Gates, por ejemplo, ha invertido millones de dólares en su fundación para combatir enfermedades en el Tercer Mundo. ¿Será suficiente para compensar su ridículo? Quizás no, pero es un paso en la dirección correcta.
En cuanto a nosotros, los periodistas, quizás sea hora de mirar hacia atrás y reconocer nuestros errores. Quizás sea hora de dejar de entrevistar a los poderosos y empezar a escuchar a las víctimas. Quizás sea hora de lavar nuestras culpas brindándonos a contar sus historias, por dolorosas que sean.
Porque al final, la única manera de honrar la memoria de las víctimas de Epstein y de tantos otros depredadores es comprometiéndonos a no callar nunca más. Porque el silencio es cómplice, y la verdad, por incómoda que sea, siempre es el primer paso hacia la justicia.
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