El 23 de febrero de 1981, un día que marcó un antes y un después en la historia reciente de España, se convirtió también en un punto de inflexión personal para quienes vivieron aquellos momentos desde dentro. Para muchos, aquel intento de golpe de Estado fue el clímax de una década de transición política marcada por la esperanza, la incertidumbre y la lucha por consolidar las libertades democráticas. Sin embargo, más allá de la trascendencia política, la experiencia individual de aquel día está profundamente ligada a la propia historia vital y a la evolución de la conciencia colectiva antifranquista.
En el verano de 1977, apenas unos meses después de las primeras elecciones democráticas tras la dictadura, el país vivía un ambiente de efervescencia política. Las calles bullían con debates, manifestaciones y la ilusión de construir un nuevo orden social. Para muchos jóvenes, como quien escribe estas líneas, aquel momento no solo representaba un horizonte político renovado, sino también un reto personal: participar activamente en la reconstrucción democrática. En mi caso, en lugar de buscar un empleo estable, me lancé a organizar la Unión General de Trabajadores (UGT) en el Empordà, una región del noreste de Cataluña. El trabajo sindical absorbía todo mi tiempo y energía, y aunque era apasionante, también resultaba agotador.
Mi padre, hombre de la vieja escuela y preocupado por la estabilidad familiar, no entendía aquella decisión. Para él, renunciar a un sueldo seguro en aras de una militancia ideológica era un riesgo innecesario. Sin embargo, la convicción de que era necesario contribuir a la construcción de una España democrática me impulsaba a seguir adelante. Pero el entusiasmo inicial se fue desgastando. A medida que pasaban los meses, los ahorros se agotaban y la realidad económica se imponía con crudeza.
En septiembre de 1977, con la situación personal cada vez más tensa, busqué consejo en Ernest Lluch, entonces diputado socialista por Girona y una de las figuras más respetadas del socialismo catalán. Lluch era un referente intelectual y político, un hombre que había dedicado su vida a la política y a la universidad. Le planteé mi dilema: necesitaba un trabajo que me permitiera mantener a mi familia, y me encantaría poder dedicarme a la edición, un campo que siempre me había apasionado. Su respuesta, aunque amable, me dejó perplejo: “No sufras —me dijo—. Pronto dispondremos de presupuesto para los funcionarios de partido; tendrás un sueldo”.
La expresión “funcionario de partido” me sonó como una sentencia. No solo implicaba una dependencia económica de la estructura política, sino también una renuncia a la independencia intelectual y profesional que tanto valoraba. Aquella idea me resultaba insoportable. Prefería buscar mi propio camino, aunque fuera más incierto, antes que atarme a un sueldo que dependiera de las decisiones de una organización política.
Así que, en lugar de aceptar aquella oferta, opté por buscar trabajo en la enseñanza. Fue una decisión que marcó un punto de inflexión en mi vida. Abandonaba la militancia activa, pero no mis convicciones. Simplemente, entendía que mi compromiso con la democracia y la libertad podía expresarse de muchas maneras, y que la independencia personal era un valor fundamental para mí.
El 23 de febrero de 1981, mientras el país seguía con el corazón en un puño el intento de golpe de Estado, yo vivía mi propia transición interior. El golpe, liderado por un grupo de guardias civiles encabezados por el teniente coronel Antonio Tejero, irrumpió en el Congreso de los Diputados en plena sesión de investidura. La imagen de los diputados tirados en el suelo, con las manos en la nuca, dio la vuelta al mundo. Aquel día, la democracia española estuvo al borde del abismo. Pero también fue un día en el que la sociedad civil, los partidos políticos y las instituciones demostraron una madurez y una unidad que sorprendieron incluso a los propios protagonistas.
Para quienes habíamos vivido la persecución franquista, el miedo a un retroceso autoritario era real. Pero también lo era la convicción de que, tras tantos años de lucha, no estábamos dispuestos a renunciar a las libertades conquistadas. El golpe fracasó, en gran medida, porque la ciudadanía no se plegó al chantaje de las armas. Los partidos políticos, desde la izquierda hasta la derecha, cerraron filas en defensa de la Constitución. El rey Juan Carlos I, como jefe del Estado, jugó un papel decisivo al negarse a apoyar a los golpistas y al llamar a la calma y a la defensa de la legalidad democrática.
En mi caso, aquel día lo viví con una mezcla de ansiedad y orgullo. Ansiedad, porque temía por el futuro de la democracia; orgullo, porque veía cómo la sociedad española, a pesar de sus divisiones y diferencias, era capaz de unirse ante una amenaza común. Aquel golpe, en cierto sentido, fue el examen final de la Transición, y el país lo aprobó con nota.
Mirando hacia atrás, aquel 23 de febrero de 1981 no solo fue un hito político, sino también un punto de inflexión personal. Mi decisión de abandonar la militancia activa y buscar un camino propio en la enseñanza fue una forma de contribuir a la consolidación de la democracia desde otro ángulo. No como funcionario de partido, sino como ciudadano libre, capaz de pensar por sí mismo y de transmitir valores de convivencia y tolerancia a las nuevas generaciones.
Hoy, más de cuatro décadas después, aquellos recuerdos siguen vivos. La memoria histórica no es solo un ejercicio de nostalgia, sino una herramienta para entender el presente y construir el futuro. El antifranquismo que viví en primera persona no fue solo una lucha contra una dictadura, sino también una apuesta por una sociedad más justa, más libre y más democrática. Y aunque el camino ha sido largo y lleno de obstáculos, la convicción de que vale la pena defender esos valores sigue intacta.
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Este relato es un testimonio personal que, sin pretender ser exhaustivo, busca reflejar la complejidad de un momento histórico a través de la experiencia individual. La historia colectiva está hecha de miles de historias como esta, y cada una de ellas aporta una pieza al gran mosaico de la memoria democrática.
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