La rivalidad de seis décadas entre EE.UU. y Cuba: de la Enmienda Platt a la era Trump

Un conflicto que desafía el tiempo

La enemistad entre Estados Unidos y Cuba no es solo un capítulo más en la historia de las relaciones internacionales, sino una de las rivalidades más longevas y complejas del mundo contemporáneo. El país más poderoso del planeta frente a una isla de menos de 10 millones de habitantes, enfrentados desde que triunfó la revolución socialista de Fidel Castro hace más de seis décadas.

Esta tensión ha dejado una huella imborrable en generaciones de cubanos y estadounidenses, marcando sus vidas con un antagonismo político que parece resistirse a toda resolución. Desde la invasión de Bahía de Cochinos hasta la crisis de los misiles de 1962, pasando por múltiples episodios migratorios y la implementación de un embargo económico que se ha convertido en el más largo de la historia moderna.

El regreso de Trump y la escalada de tensiones

El retorno de Donald Trump a la Casa Blanca en 2025 ha disparado nuevamente las tensiones entre Washington y La Habana. Su administración endureció el embargo económico vigente desde los años 60, al que Cuba atribuye gran parte de sus desafíos actuales, y tomó medidas para dificultar que la isla reciba combustible del exterior.

Esta situación se suma a la crisis energética, económica y social que ya arrastraba Cuba, agravada tras la caída del apoyo venezolano que sucedió a la captura de Nicolás Maduro en una operación militar estadounidense a comienzos de enero. Trump advierte que Cuba «está a punto de caer», a la vez que asegura que su administración y La Habana negocian una salida del impasse.

Es un escenario que genera incredulidad, a pesar de que el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, reconoció contactos entre ambas administraciones. Quienes han sido testigos de la enemistad entre Washington y La Habana están acostumbrados a que cualquier acercamiento se frustre.

El derecho a intervenir: raíces del conflicto

Para entender la profundidad de esta rivalidad, debemos remontarnos al 15 de febrero de 1898, cuando un acorazado estadounidense llamado Maine explotó en el puerto de La Habana. Más de 260 tripulantes murieron en un incidente que precipitaría la intervención estadounidense en la guerra de independencia cubana contra España.

Tras el hundimiento, un Tribunal de Investigación Naval de EE.UU. concluyó que la nave había sido destruida por una mina submarina, aunque en 1976 una investigación posterior de la Armada norteamericana determinó que probablemente fue causada por un incendio interno que detonó la munición del barco.

Lo que siguió fue la Guerra Hispano-Estadounidense, que precipitó el fin de la soberanía española sobre Cuba tras más de cuatro siglos de colonia. Pero la independencia formal de Cuba en 1902 vino con letra pequeña: la Enmienda Platt, un apéndice constitucional que, en la práctica, mantuvo a la isla bajo la influencia directa de Washington hasta 1934.

«Era una república independiente, pero con un grado de control externo claro en la política por parte de EE.UU., que se arrojaba el derecho a intervenir en los asuntos internos de Cuba», explica Michael Bustamante, profesor de la Universidad de Miami.

La Revolución de Castro: el punto de quiebre

Para los años 50, la economía cubana mantenía una enorme influencia de empresas norteamericanas. Industrias clave como el níquel, la electricidad, las telecomunicaciones y las finanzas contaban con una destacada participación estadounidense. Por las calles de las principales ciudades se veían letreros de Coca-Cola y autos norteamericanos de último modelo que hasta hoy circulan.

En este contexto, el gobierno autoritario de Fulgencio Batista, que gobernó mediante un golpe de Estado desde 1952, agravó el descontento creciente en sectores de la población por los problemas que acusaba la isla y por la injerencia de EE.UU., país que respaldó a Batista al igual que a otros gobiernos autoritarios cubanos.

«EE.UU. mantenía una relación neocolonial sobre Cuba en muchos sentidos. El sentimiento contra la dominancia norteamericana se daba no solo en sectores izquierdistas, sino de diversas ideologías», cuenta Bustamante.

Es en este contexto donde empieza a destacarse Fidel Castro, un joven abogado y líder político de ideas socialistas que creía en la mayor soberanía del país y que vio en las armas una forma de hacer revolución. Tras un primer levantamiento armado fallido en 1953, por el que cumplió casi dos años de cárcel y se exilió en México, Castro regresó a fines de 1956 junto a otro joven argentino revolucionario, Ernesto «Che» Guevara, y 80 hombres más.

Los rebeldes organizaron una guerra de guerrillas en el oriente del país. En poco más de dos años la insurrección se extendió por toda la isla. En la madrugada del 1 de enero de 1959, Batista tomó un avión y huyó a República Dominicana. Siete días más tarde, Castro y los llamados barbudos entraron triunfantes en La Habana con gran apoyo popular. La revolución se había puesto en marcha.

Nacionalizaciones y embargo: el divorcio consumado

El divorcio entre Cuba y EE.UU. no fue automático. «De hecho, había personas en el Departamento de Estado que creían que Castro era un simple nacionalista y querían buenas relaciones con el nuevo gobierno», recuerda Bustamante.

A comienzos de los 60, sin embargo, dos eventos fracturaron el vínculo. Primero, una reforma agraria lanzada por Castro que proponía nacionalizar parte de las tierras controladas por EE.UU. Luego, la visita del diplomático soviético Anastas Mikoyan a Cuba para firmar acuerdos con el gobierno, lo que encendió las alarmas en Washington sobre la creciente influencia de la Unión Soviética en su patio trasero.

Cuando EE.UU. ordenó a sus compañías negarse a procesar el petróleo ruso, el gobierno cubano intervino las refinerías y las nacionalizó. Washington respondió recortando la cuota de azúcar que Cuba tenía garantizada en el mercado norteamericano y Moscú reaccionó convirtiéndose en el principal comprador de azúcar cubano.

Para enero de 1961, la ruptura de relaciones se consumó y Castro inició el giro socialista de su revolución.

Los años más tensos: Bahía de Cochinos y la crisis de los misiles

Los meses siguientes fueron de máxima tensión. En abril de 1961, unos 1.500 combatientes, en su mayoría cubanos exiliados opositores de Castro, arribaron a Cuba con apoyo de la CIA en aviones y buques para derrocar a Castro. El fracaso fortaleció a Castro, quien agudizó su propuesta socialista.

Desde Washington se implementó un nuevo programa encubierto llamado Operación Mangosta para conseguir lo que la invasión de Bahía de Cochinos no logró. La misión incluyó operaciones políticas, psicológicas, militares, de sabotaje e inteligencia, así como intentos de asesinatos contra líderes políticos clave, incluido Castro.

La pequeña Cuba necesitó defenderse y la URSS, entonces bajo liderazgo de Nikita Jrushchov, estaba dispuesta a apoyar. En el verano del 62, informes de inteligencia estadounidenses reportaron un aumento de envío de armas soviéticas a Cuba. En octubre, un avión tomó fotografías y descubrió la instalación de misiles en la isla.

Durante 13 días, el mundo se asomó a una posible confrontación nuclear entre las grandes potencias de la época con Cuba en el medio. Tras intensas negociaciones, la crisis se resolvió y la URSS retiró sus misiles de Cuba. Pero la herida y desconfianza heredadas fueron enormes.

Décadas de impasse: la Guerra Fría en el Caribe

El historiador cubano Rafael Rojas define las décadas entre mediados de los 60 y los 90 como de «distensión» entre EE.UU. y Cuba, llegándose incluso a producir negociaciones y colaboraciones en temas migratorios y de seguridad. Eso no implicó que Cuba no continuara conteniendo la hegemonía estadounidense en el hemisferio.

Durante este periodo, la migración fue un punto de conflicto y cooperación a la vez. Desde 1959, EE.UU. dio un trato preferencial a migrantes cubanos, incentivando la salida de disidentes y quienes buscaban condiciones de vida alternativas. Esto sucedía tanto por vías regulares, como también, muchas veces, a través del mar y en embarcaciones precarias.

Son especialmente notorios los episodios del Mariel, cuando 125.000 personas salieron rumbo a Florida después de que Castro abriera las puertas del país a todo aquel que quisiera irse. Y la crisis de los balseros en 1994, cuando tras colapsar la URSS en 1991 Cuba quedó sumida en una crisis económica severa.

El descalabro generó protestas fuertes e inusuales. Ante la presión, Castro reabrió fronteras y unas 35.000 personas partieron hacia EE.UU. Esto llevó a Washington a ajustar su política migratoria e implementar la doctrina de «pies secos, pies mojados».

Los 90 también supusieron el endurecimiento de las medidas contra Cuba. La implementación de la llamada Ley Helms-Burton de 1996 añadió más restricciones a la economía y codificó el embargo, de forma que solo puede anularse bajo aprobación del Congreso y no basta una orden ejecutiva presidencial.

La era Obama y el deshielo fallido

Desde 1994 hasta hoy, la relación sigue sin restaurarse, aunque ha habido momentos de mayor y menor cercanía. Bajo el gobierno de Raúl Castro y la presidencia de Barack Obama, ambos países dieron un paso hacia una normalización en 2015.

«Desde 2013, a raíz de medidas de liberalización económica por parte de Raúl, EE.UU. y Cuba comenzaron a negociar con intermediación del papa Francisco y la iglesia católica cubana», recuerda el historiador Rojas.

Tras el llamado «deshielo» de 2015, se reabrieron las embajadas, se levantaron restricciones de viajes y se dio un aperturismo económico que esperanzó a quienes demandaban cambios. Pero la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca en 2017, meses después del fallecimiento de Fidel Castro, supuso el desmantelamiento de esa apertura.

Y con su regreso en 2025, el embargo, las presiones y restricciones sobre la isla se han endurecido aún más, así como la tensión entre ambos países. La historia parece repetirse en un ciclo interminable de acercamientos frustrados y hostilidades renovadas.

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