BARCELONA AGONIZA, PERO RESUCITA EN EL ÚLTIMO SUSPIRO: Lamine Yamal, el héroe de la remontada
El Camp Nou y todo el barcelonismo respiraron en el minuto 96. No era para menos. El FC Barcelona, con la cara desencajada y las piernas convertidas en plomo, se disponía a abandonar Saint James’ Park con una derrota que hubiera supuesto un golpe de autoridad para sus aspiraciones en la Champions. Pero el fútbol, ese juego caprichoso que a veces se ensaña con los que menos lo merecen, decidió darle una segunda oportunidad a un equipo que, sinceramente, no la había buscado.
El protagonista de la noche no fue un veterano curtido en mil batallas, ni un goleador de raza. Fue Lamine Yamal, el chico maravilla de 18 años que ya no sorprende a nadie con sus proezas pero que sigue dejando a todos con la boca abierta. Con sangre fría de veterano, engañó al portero Ramsdale y transformó el penalti que significó el 1-1 definitivo. Un gol que suena a gloria bendita porque, tal y como se había desarrollado el partido, no estaba en los planes de nadie.
Pero vayamos por partes. El Barcelona de Hansi Flick llegó a Newcastle con más problemas que un test de personalidad. La defensa era un puzzle de piezas que no encajaban: sin Koundé, sin Balde, sin Araújo disponible como central… El alemán improvisó como buenamente pudo, colocando al uruguayo de lateral derecho y manteniendo a Cancelo en el izquierdo. El resultado fue un equipo desarmado, sufriendo cada balón aéreo, cada contragolpe, cada córner del Newcastle.
Y el Newcastle, por su parte, no necesitó ser brillante para poner en apuros al Barça. Simplemente fue fiel a su identidad: intensidad, físico y empuje constante. Barnes, Elanga y Osula movían como posesos el ataque de las urracas, mientras que en el medio, el equipo de Howe disputaba cada balón como si fuera el último. El ambiente en Saint James’ Park era infernal, con 52.000 gargantas rugiendo y una versión del ‘Hey Jude’ que erizaba la piel.
El Barcelona, por su parte, parecía un equipo sin rumbo. Pedri, escorado a la banda derecha, no encontraba su sitio; Raphinha era un cúmulo de imprecisiones; Lewandowski, solo arriba, no ganaba un duelo. Solo Lamine Yamal, a ratos, iluminaba con su talento. El crack catalán probó con la derecha, buscó asociaciones imposibles y fue el único que pareció entender que el partido no podía jugarse al ritmo que imponía el Newcastle.
El descanso llegó sin goles, pero con la sensación de que el Barça había sobrevivido por milagro. La segunda parte fue un calco de la primera: el Newcastle seguía siendo el dueño del partido, el Barcelona seguía sin encontrar soluciones. Lewandowski erró un mano a mano que hubiera cambiado el guion; Barnes estrelló un balón en el palo; el tiempo pasaba y la desesperación crecía en el banquillo azulgrana.
Flick movió el árbol: entraron Olmo, Rashford y Casadó. Nada cambió. El Barcelona se limitaba a resistir, a aguantar el chaparrón, a morderse la lengua. Hasta que, en el minuto 86, Barnes aprovechó un error de Araújo y Raphinha para batir a Joan Garcia. El Camp Nou en miniatura que se había desplazado hasta Newcastle enmudeció. El Barça estaba contra las cuerdas, sin fuelle, sin ideas, sin fuerzas.
Pero entonces ocurrió lo impensable. En el 96, tras una acción confusa, Olmo se plantó ante Ramsdale y el portero lo derribó. Penalti. Y allí estaba Lamine Yamal, el chico de 18 años, para asumir la responsabilidad. No falló. Engañó al portero, engañó a la grada, engañó al destino. Y el Barcelona salvó un punto que sabe a gloria.
El partido de vuelta en el Spotify Camp Nou (con 62.000 espectadores ya confirmados) se presenta como una final. El Barça necesita ganar, y necesita hacerlo jugando mucho mejor de lo que lo ha hecho en estas dos primeras eliminatorias. Porque si contra el Newcastle ha sufrido, contra equipos de mayor entidad puede pasar lo que en el Metropolitano. La defensa es un coladero, el centro del campo no existe, y arriba solo Lamine Yamal parece entender en qué siglo vive.
Pero al menos hay un consuelo: el equipo no se ha rendido. Ha sacado orgullo, ha sacado carácter, ha sacado un punto de oro en el último suspiro. Y eso, en noches como esta, es mucho. Ahora toca recuperar, toca curar, toca preparar la vuelta. Porque el Barça no puede permitirse el lujo de volver a sufrir tanto. Ni en la Champions, ni en ninguna competición.
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