El ocaso de los neandertales: ¿desaparición silenciosa o exterminio estratégico?

Los neandertales, nuestros parientes extintos más cercanos, dominaron gran parte de Eurasia durante cientos de miles de años hasta que hace unos 40.000 años desaparecieron como por arte de magia. Podría decirse que se evaporaron: ahí estaban, cazando ciervos y tallando piedras, creando pegamento, cocinando o dejando su impronta en adornos, para luego, sin más, dejar de estar. Se acabó su presencia en el registro arqueológico.

Los científicos han barajado diferentes hipótesis para explicar este abrupto final: la endogamia a la que serían abocados al vivir en grupos pequeños y separados entre sí, un cambio climático al que no fueron capaces de adaptarse o la irrupción en escena de los sapiens, el hombre anatómicamente moderno. ¿Acaso fuimos nosotros los responsables?

Esa es la teoría que defiende el arqueólogo y paleoantropólogo francés Ludovic Slimak en su nuevo libro ‘El último neandertal’ (Debate), que acaba de ver la luz en España. De aspecto algo excéntrico por su pelo y su barba rebeldes, es uno de los mayores expertos del mundo en neandertales. «Una vez que los sapiens entran en escena, los neandertales no regresan. Ese silencio repentino es tan elocuente como cualquier esqueleto», apunta a ABC el investigador vinculado al CNRS (Centro Nacional para la Investigación Científica) francés y a la Universidad de Toulouse-Le Mirail. Sin embargo, «no hay pruebas de exterminio, masacre ni genocidio. No hubo guerras a gran escala entre sapiens y neandertales. En los restos arqueológicos no se ven campos de batalla, sino reemplazo», cuenta.

Eso le lleva a proponer un nuevo escenario: cuando aparecimos, estos homínidos «se retiraron», optaron por una «invisibilidad estratégica». La historia ofrece paralelismos: los Yahi de California (los últimos nativos americanos en la región que vivieron sin contacto) optaron por permanecer ocultos durante generaciones mientras los colonos ocupaban sus tierras. Y muchas sociedades de la Amazonia, hoy en día, siguen haciendo lo mismo. «El repliegue es una estrategia humana. Comunidades enteras pueden decidir desaparecer de la mirada del recién llegado», afirma.

El hallazgo que cambió todo

Esta idea nace de un hallazgo único, el de ‘Thorin’, uno de los últimos neandertales, de 45.000 años de antigüedad. Sus restos fueron descubiertos en 2015 en la gruta de Mandrin, en el valle del Ródano (Francia), por Slimak y su equipo. El individuo masculino, que tenía unos 50 años cuando murió, pertenecía a un linaje desconocido que, aparentemente, vivió genéticamente aislado durante 50.000 años.

El descubrimiento ya es de por sí extraordinario, pero hay algo más, «algo sorprendente». Gracias a métodos microcronológicos basados en depósitos de hollín atrapados entre películas de calcita, un método que el equipo desarrolló por primera vez en Mandrin, «pudimos observar ocupaciones con una resolución de aproximadamente seis meses. No se trata de la habitual confusión arqueológica de siglos o milenios. Es casi un tiempo estacional. Y lo que vimos es inquietante».

Los neandertales ocupan la cueva. Encienden sus fogatas. Dejan sus huellas. «Luego, en un lapso de tiempo que no puede exceder el año, aparece el sapiens. Y desde entonces, los neandertales nunca regresan al lugar. No es que murieran instantáneamente. Es que desaparecen del registro, abruptamente, sin superposición gradual ni alternancia prolongada», resume. «Esto no prueba el exterminio, sino una ruptura».

En efecto, en Mandrin no se vuelve a ver a los neandertales tras la llegada de los sapiens. «Esa ausencia puede no ser la muerte. Puede ser una retirada o un desplazamiento, una decisión tomada bajo una presión que ya no podemos medir», propone Slimak.

El poder de la estandarización

Para el autor, el sapiens trae consigo una forma de organización social basada en una fuerte normalización, una transmisión rígida de normas culturales y una coordinación a gran escala entre individuos no emparentados. Esto produce una eficiencia extraordinaria: tecnológica, demográfica y territorial. «No se trata de una distinción cultural -aclara-, sino de una manera diferente de ser humano en la Tierra». Porque, como ya expuso en su anterior libro, ‘El neandertal desnudo’, los humanos modernos «no somos la definición de humanidad, sólo una manera específica y muy eficiente de ser humano. Y la eficiencia no es neutral».

No se han encontrado flechas sapiens impactadas en un cuerpo neandertal, aunque los sapiens ya dominaban la tecnología del tiro con arco 12.000 años antes de los últimos de nuestros parientes. «Lo que observamos, en cambio, es algo más sutil y quizás más inquietante: grupos de sapiens capaces de producir miles de puntas de proyectil estandarizadas, idénticas con tolerancias milimétricas, a distancias de miles de kilómetros. Este nivel de rigidez y coordinación cultural implica poderosos sistemas de alineación social», dice Slimak.

Las sociedades neandertales, por el contrario, muestran una notable adaptabilidad y diversidad regional, pero no este mismo grado de estandarización a largo plazo. Para el arqueólogo, en términos evolutivos, la capacidad de normalización –hacer lo mismo, juntos, en grandes cantidades– es una de las fortalezas que definen al sapiens: «Permite una rápida expansión y la presión demográfica. Y bajo tanta presión, la diversidad se derrumba».

El espejo de nuestra propia humanidad

Todos los humanos que tienen sus raíces fuera del África subsahariana llevan en su ADN entre el uno y el tres por ciento de genes de neandertal, lo que indica que, necesariamente, ambas especies se encontraron, se cruzaron y tuvieron hijos. Pero Slimak cree que echamos «demasiada imaginación» a esos encuentros. «La genética nos muestra que hubo episodios raros de mestizaje —breves fugas entre poblaciones—, pero no una coexistencia prolongada ni una fusión cultural gradual. Los neandertales no se disolvieron en sapiens. Los sapiens tampoco se transformaron en neandertales. La señal genética es real, pero limitada», aclara.

Las llamadas culturas neandertales ‘transformadas’ -los cambios en el comportamiento y tecnología de las últimas poblaciones de estos homínidos-, podrían llevarnos a engaño. «Podrían no ser neandertales en absoluto -advierte-. Algunos conjuntos atribuidos en su día a los neandertales probablemente fueron creados por los primeros sapiens. Otros provienen de excavaciones realizadas con métodos que no permitieron distinguir claramente entre las ocupaciones sucesivas de diferentes grupos humanos dentro de la misma cueva. En otras palabras, cuanto más rigurosamente analizamos los datos, vemos menos mezcla cultural y más reemplazo».

Slimak cree que hemos proyectado sobre los neandertales una imagen que nos tranquiliza. «Hemos querido que fueran como nosotros: simbólicos, artísticos y estructurados. Pero cuando insistimos en que los neandertales eran esencialmente sapiens en otra forma, corremos el riesgo de negar la posibilidad de que hubiera formas fundamentalmente diferentes de ser humano en el mundo». Aceptar que eran diferentes —cognitiva, social y culturalmente—, «no significa menospreciarlos. Es reconocer su realidad. Convertirlos en nosotros mismos es, en cierto modo, matarlos dos veces. La primera muerte fue biológica y la segunda, conceptual».

La pregunta que nos hacemos a nosotros mismos

Para Slimak, los neandertales nos dicen más de nosotros que de ellos mismos. «No son simplemente un primo desaparecido. Son un espejo. Nos dicen que el ‘Homo sapiens’ es extraordinariamente eficiente: nos alineamos, nos estandarizamos y nos expandimos. Somos la única especie humana capaz de sincronizar el comportamiento de miles, luego millones, luego miles de millones de individuos». Estas características «nos permitieron cruzar océanos hace más de 50.000 años y construir civilizaciones. También nos permiten hoy transformar ecosistemas enteros a escala planetaria».

Cuando el sapiens llega a algún lugar, «la diferencia se reduce. Otras formas humanas desaparecen. Más tarde, otras culturas son absorbidas, asimiladas, borradas. En el siglo XX, presenciamos la aterradora culminación de esta misma fuerza estructural con el sueño de la unidad total, de un solo pueblo, una sola identidad, una sola ideología», mantiene.

Y hoy, el patrón se expande más allá de la humanidad: «La biodiversidad se contrae. Los bosques retroceden. Los biotopos se fragmentan. Las especies desaparecen a un ritmo sin precedentes en la historia de la humanidad. No porque seamos demonios, sino porque nuestra eficiencia opera a escala planetaria. Si continuamos malinterpretándonos, viendo sólo la gloria de nuestra inteligencia y no la fuerza estructural de nuestra normalización, reproduciremos, una y otra vez, el mismo patrón: expansión, contracción de la diferencia, desaparición. Hasta que no nombremos la arquitectura de nuestro propio poder, permaneceremos ciegos a sus consecuencias».

Los neandertales desaparecieron. «La pregunta no es si fuimos responsables -reflexiona Slimak-, sino si somos capaces de tomar conciencia del tipo de especie en que nos hemos convertido. Al final, los neandertales no nos preguntan dónde fueron. Nos preguntan a dónde vamos».


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